Ya se que alguna vez he citado a mi familia, pero casi nunca he escrito un artículo sobre ellos. Ellos que tan bien me conocen y que siempre están ahí no necesitan que les escriba unas letras para darlos a conocer. Son las personas anónimas por excelencia en la vida. Pero hoy creo que se merecen un espacio en mi blog, ya que no puedo estar en casa este fin de semana.
Para comenzar decir que somos cinco en casa. Mis padres Alfredo y Mari Carmen me han educado bien, dejando que me equivocara, negandome en ocasiones cosas, dándome en ocasiones cosas sin tener que pedirlas. Ellos siempre han estado ahí, manteniéndose firmes, sufriendo cuando yo he sufrido, alegrándose de lo que conseguía. Reconozco que en ocasiones no se los he puesto fácil, pero como ellos dicen son mis padres y ahí van a estar siempre. Decir de mi padre que es una persona que se ha hecho así mismo, si bien no tuvo la posibilidad de estudiar se ha estado dejando la piel en cada jornada de trabajo para dejarnos a la familia una buena situación tanto económica como personal y social.
El trance del mes de febrero me hizo darme cuenta de que todo puede cambiar, al ver a mi padre en la cama del hospital me hizo pensar en todo lo que había estado haciendo por nosotros durante tantos años. Mi padre ha luchado por vivir y por darnos una vida aunque no pudiera casi ni andar. En ocasiones resulta duro, pero parte de mi nobleza se la debo a él, pese a las broncas que me haya echado y algún que otro distanciamiento.
Mi madre es el antagónico de mi padre, una mujer tranquila, algo más pensativa, me ha dado la tranquilidad que en ocasiones necesitaba. Siempre está ahí callada. No te reconocerá nunca que hayas hecho bien las cosas (es mi obligación) y siempre está ahí en los momentos difíciles. Levantarse temprano para ir al hospital, y trabajar. Como os decía siempre ha estado ahí en los momentos difíciles y no se si llega a darse cuenta de todo lo que ha hecho por mi, sin pedirlo, en ocasiones con medias verdades por mi parte para no hacerles pasar un mal rato.
Mis hermanos, David y Cristina, más pequeños que yo en los que siempre he tenido un afán de protección, ser el hermano mayo tiene en ocasiones algo de eso. David es todo lo que yo no soy, mucho más fiestero, divertido, en ocasiones más callado, y no tan sociable. Cristina al igual que David es también callada aunque mantiene la efervescencia y la mala leche que nos ha trasmitido mi padre.
Por otra parte tengo a mis tios, muchos a fin de cuentas pero hay dos que son esos segundos padres que algunos tenemos la suerte de disfrutar. Ignacio y Ana, matrimonio por un lado y por el otro el hermano de mi padre y la hermana de mi madre. No solamente comparto con ellos la casa donde vivimos, si no que son esos tios algo más jóvenes que mis padres y que siempre me han escuchado, cuando discuto con mis padres y cuando lo paso mal. Ellos siempre están ahí, de hecho mi tio es adicto a este blog. No sé muy bien porque tal vez sea porque no les llamo mucho y esta es la mejor forma de saber que hace su sobrino. Ellos tienen dos hijas mis primas Alicia y Silvia. Alicia sigue creciendo, mientras que Silvia la pequeña de la casa sigue siendo un terremoto con patas.
Luego están mis abuelos y ejercen como tal, tranquilos, serenos, mayores. Mi abuelo estuvo ahí en el año 2004 durante las noches que estuve ingresado (dificil de olvidar ese momento). Mi abuela se encargó de cuidarme mientras era un crio, como nos ha criado y no malcriado a toda la familia. Cuanto me gustaría que estuvierais el día 7 de Julio en la graduación.
Ellos me han configurado en lo que hoy soy, con mis vicios y virtudes he aprendido con ellos a crecer y lo más importante en ocasiones a vivir. Me quedará mucho por descubrir.